martes, 25 de enero de 2022

Del tocar

Hay recuerdos que no son míos, pero de alguna manera me los quiero meter adentro. No son cosas que viví yo, y sin embargo forman parte de mí. Llegan a mis manos en forma de imágenes, impresas en papel. Fotografías en distintos formatos, gramajes, texturas. Algunas viajaron de muy lejos, y seguramente aún portan alguna micro partícula extranjera. Las visualizo, y sé que puedo hacerlo por mucho tiempo, para encontrar detalles, memorizar. Pero lo que me fascina es tener la posibilidad de agarrarlas, de hacerles un espacio sobre mi piel mientras las miro. Creo que así me hago presente en esos momentos que ya pasaron. Que pasaron hace más años de los que tengo.  


Recuerdo un casamiento en el que no estuve, unas vacaciones que podría imaginar, un patio de escuela en el que nunca corrí. Están impresos en papel mate y también brillante, y gracias a eso, en mi memoria. A veces el grano es tan grande, que raspa mis dedos. Los eventos importantes están adheridos a cartón, y cada tanto, dentro de dos tapas de cartulina, detrás de papel transparente de telaraña. Esto último me hace recordar con más delicadeza. 


Siento que ahora conozco mucho más a quienes conocía, y un poco a quienes eran más bien una incógnita. Yo sabía que mi abuela vino de Rusia, y décadas después, me tejía a dos agujas un saquito color salmón con un hilo muy suave. Ahora también la puedo recordar retratada después de que la descubro al pasar esa hoja de un papel traslúcido, como de calcar. Entonces me convenzo: se pueden tocar los recuerdos, y el amor se puede palpar.

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