El vasito de cerámica se apoya sobre uno de esos accesorios de baño adheridos a la pared, que a esta altura sólo encontramos en departamentos de cierta antigüedad. Venía en un kit que compré al poco tiempo de mudarme, junto con una jabonera y un dispenser para jabón líquido. Este último duró poco, antes de caer y hacerse pedazos. Lo reemplacé por uno de plástico, para evitar repetir la escena. Por su parte, el vasito sigue intacto, cumpliendo su función. Así es que en la imagen, si bien no diría que es el protagonista, tiene un gran papel. De fondo se llega a apreciar la pared de azulejos, prácticamente al mismo tono. Hasta ahí todo se mimetiza. Pero entonces aparece el susodicho, dentro del vasito, como descansando en uno de sus bordes. También tiene algunas partes en la gama del azul, pero se despega del fondo por su forma, y porque su estructura es blanca. De un día al otro, un objeto ordinario de la casa, como es un cepillo de dientes, adquirió un valor supremo por su flamante condición de ser único en su lugar asignado. Mi cepillo de dientes ahí, despreocupado, se llevó mi atención por varios minutos, y logró transmitirme una mezcla de sentimientos que me dieron mucha vida: tranquilidad, alivio, motivación, orgullo, fuerza. Un cepillo de dientes encontrándose en su propio espacio consigo mismo, como nunca antes. Igual que yo.
No me sorprende que esta imagen que fotografié mentalmente fuera muy azul. El azul, miembro indiscutible de los colores fríos, se relaciona con la calma, el reposo. Cerré los ojos, volví a respirar profundo, y así me reconocí. Calmada, por fin.
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